I –
Víctimas inocentes
“ (...) deseo señalar que
el número de detenidos era de aproximadamente, en diciembre
de 1976, más de cien personas en el área en
que me encontraba detenida y, además, decir que fortuitamente
y junto a mi padre fuimos dejados en libertad, sin saber qué
cargos se nos atribuían ya que no teníamos ninguna
afiliación política ni religiosa, como así
también muchas personas detenidas en ese momento eran
apolíticas, como por ejemplo un grupo de estudiantes
secundarios que pedían reducción en el precio
del boleto de transporte”.
Corría 1986. La sentencia del juicio
a las Juntas Militares aún resonaba en el recinto mientras
cientos de causas judiciales contra represores de menor rango
militar abarrotaban las oficinas de los tribunales de todo
el país. Entre ellas, y una de las más importantes,
fue la denominada “Causa Camps” [ii],
en referencia a quien fuera el jefe militar designado para
conducir la Policía de la provincia de Buenos Aires
entre los años 1976 y 1979. El 13 de octubre, en Canberra,
Alicia Carminatti daba testimonio ante el Encargado de Negocios
argentino de sus padecimientos en los centros clandestinos
de detención, llamados el “Pozo de Arana”
y el “Pozo de Banfield”, ubicados en la provincia
de Buenos Aires. Alicia fue una de las sobrevivientes de éste
último que pudo dar testimonio de la presencia en el
centro de detención de los desaparecidos de La
noche de los lápices. A ellos se refiere cuando
menciona el grupo apolítico de estudiantes
secundarios.
Lo que ella no sabía es que, casi simultáneamente
a su declaración, la historia de estos estudiantes
secundarios comenzaba a ser conocida masivamente en la Argentina.
Hacía menos de un mes se había estrenado el
filme La noche de los lápices dirigido por
Héctor Olivera y basado en el libro homónimo
de los periodistas María Seoane y Héctor Ruiz
Nuñez. A partir de entonces ha sido uno de los casos
de la represión más difundidos en el país
y en el exterior. Se trata del secuestro, tortura y desaparición
de seis jóvenes militantes secundarios que fueron detenidos
el 16 de septiembre de 1976.
Fue a través del testimonio en el
Juicio a los ex Comandantes de otro sobreviviente del “Pozo
de Banfield”, también militante secundario, Pablo
Díaz, que el hecho adquirió resonancia pública
hasta el punto de instar a la realización del libro
y la película. Ambos tuvieron a su vez una altísima
recepción: el libro fue editado más de diez
veces y el filme sigue siendo visto por un extenso público
aún a más de veinte años de su estreno.
Su exhibición en las escuelas es una suerte de ritual
reiterado cada 16 de septiembre.
¿Por qué ha sido seleccionado
este caso entre tantos de miles que forman parte de la amplia
casuística del terrorismo de Estado?
Un intento de explicación debe buscarse
a través del análisis de los relatos del hecho,
en relación con el contexto político donde fueron
producidos y con los procesos de significación del
pasado dictatorial en curso. Estos relatos emergen compitiendo
con otras narrativas disponibles en ese momento: la “Teoría
de la guerra” sostenida por los militares y la “Teoría
de los dos demonios” del gobierno radical. Además
de ofrecer dos perspectivas ideológico-políticas
de interpretar y juzgar el pasado, ambas tuvieron un correlato
jurídico-penal. La primera exculpaba de la comisión
de delitos a los ejecutores de la represión en tanto
en cumplimiento de su deber libraban una justa batalla “contra
la subversión”. La segunda responsabilizaba a
los jefes de ambos bandos, militares y guerrilleros, de la
violencia desatada. En ambas direcciones –penal y política
– el relato de La noche de los lápices
tuvo una enorme capacidad para rebatirlas, pero no por confrontar
ideológicamente con ellas, sino por la casuística,
por las pruebas que aportó en el develamiento de lo
sucedido. ¿Qué “guerra justa” se
libra contra adolescentes desarmados que sólo peleaban
por el boleto escolar? Y por otro lado, ¿de qué
“dos demonios” estamos hablando?. Lo que esta
historia revela es la cara feroz de la violencia represiva
frente a la extrema vulnerabilidad de las víctimas.
Sin embargo, no hay hechos sin relato, y
en todo acto de narrar lo que se pone en juego son significados.
La breve referencia que hacía Alicia Carminatti de
sus compañeros de cautiverio condensa algunos de los
rasgos que serán claves en la connotación de
los hechos que describe, en relación con los discursos
a los que esta forma de narrar se enfrenta. Estos rasgos son:
el apolitismo de las víctimas, su corta edad y las
razones de su secuestro (la lucha por el boleto escolar)
Así, La noche de los lápices,
por la forma en que ha sido contada, es uno de los mejores
ejemplos de una narrativa más amplia a la que se ha
denominado el “mito de la inocencia” o la “víctima
inocente” cuya característica más notable
es haber ocluido en la narración de los desaparecidos
su pertenencia política y, sobre todo, su adscripción
a las organizaciones armadas revolucionarias. Las hipervíctimas,
como las denomina Inés González Bombal, sobre
todos niños y adolescentes, tienen aquí un lugar
preponderante, en sus padecimientos muestran y denuncian el
“mal radical” del poder desaparecedor.
Esta narrativa es tributaria de la justicia.
La fórmula “víctimas inocentes”
fue un enunciado basado en fundamentos jurídicos [iii],
en tanto nunca se demostró que fueran culpables de
algún delito. Fue el espacio institucional judicial,
reconocido como legítimo para intervenir, investigar
y juzgar lo que pasó, el que fijó los criterios
previos que luego permitieron clasificar el mundo de acuerdo
a sus códigos [iv].
Esta forma de significar se trasladó a otros relatos
por fuera del escenario judicial. Inocencia fue usado como
sinónimo de apoliticismo. Su antónimo, el compromiso
político, fue usado como sinónimo de presunción
de culpabilidad.
Esta forma de narrar hegemonizó durante
mucho tiempo el discurso público de los organismos
de derechos humanos, aunque distó mucho de ser el único.
Su objetivo era enfatizar en el carácter extensivo
de la represión y desbaratar los discursos justificatorios
como los ya citados, cuya traducción al sentido común
se expresaba en la conocida frase por “algo será”.
Fue un recurso discursivo efectivo que amplió la base
de legitimidad del movimiento logrando mayor reconocimiento
social y receptividad de sus demandas. Si bien más
matizado, es un discurso que aún persiste y que ha
calado hondo en los imaginarios sociales sobre la experiencia
histórica reciente.
No obstante, el proceso social de elaboración
del pasado no permaneció inmóvil, las memorias
de la experiencia política de los primeros años
setenta se expresaron de diversas maneras (novelas, memorias,
testimonios, filmes) emergiendo con más fuerza en los
años noventa. Estas memorias confrontaron, aunque a
veces no explícitamente, contra esta narrativa y tuvieron
sus contrapuntos con La noche de los lápices.
II – Militantes políticos
“No creo que a mí me detuvieran
por el boleto secundario, en esas marchas yo estaba en la
última fila. Esa lucha fue en el año ‘75
y, además, no secuestraron a los miles de estudiantes
que participaron en ella. Detuvieron a un grupo que militaba
en una agrupación política. Todos los chicos
que están desaparecidos pertenecían a la UES,
es decir, que había un proyecto político, con
escasa edad, pero proyecto político al fin”[v].
Frente a una periodista del diario Página 12, así
hablaba Emilce Moler en septiembre de 1998, un día
antes de otra conmemoración del día de La
noche de los lápices.
Emilce fue secuestrada en La Plata, el 17
de septiembre de 1976, era compañera de estudios y
de agrupación política de varios de los estudiantes
secundarios desaparecidos el 16 de septiembre, hoy es conocida
como “otra sobreviviente de La noche de los lápices”.
Al igual que Alicia Carminatti testimonió en la “Causa
Camps”. Emilce enfatiza sobre los aspectos para ella
ocluidos en el relato más difundido del caso e intenta
aportar una versión sobre los hechos brindando otra
explicación sobre lo ocurrido. No eran estudiantes
secundarios que sólo luchaban por el boleto secundario.
Eran militantes políticos y eran sus compañeros
de militancia, no sólo de cautiverio.
En este breve fragmento seleccionado de la entrevista, ella
confronta con la tesis central del libro y la película
que sostiene que La noche de los lápices fue
un plan diseñado y bautizado así, por Ramón
Camps jefe militar de la policía bonaerense y Miguel
Etchecolatz, por entonces director de la Brigada de Investigaciones
de la misma fuerza y que el plan estaba asociado a la suspensión
del Boleto Secundario (BES). Pablo Díaz ha sido un
portavoz que ha legitimado esta versión:
“Se elaboró un plan de represión
al estudiantado y se organizó un operativo que fue
llamado La noche de los lápices, que no fue
otra cosa que el secuestro sistemático de estudiantes
secundarios. Así se decide el plan: a fines de agosto
se suspendería el boleto estudiantil, en agosto del
´76 hay un tarifazo y el boleto no sale de ese tarifazo
(…) ahí es cuando con la suspensión del
boleto nosotros salimos, ellos nos visualizan y se produce
el operativo”[iv]
Aunque sea en cierta manera una explicación
históricamente poco verosímil ha sido aceptada
sin demasiados cuestionamientos. A tal punto que muchas crónicas
periodísticas, escritas a propósito de la conmemoración,
comenten el error de fechar la marcha por boleto en el año
1976 cuando en realidad fue en 1975.
III - Militantes revolucionarios
“El mito de los “perejiles”
(militantes de bajo compromiso) fomentado por el filme de
Olivera, no hace más que expresar cierta voluntad de
“rescate” del desaparecido menor de edad (supuestamente
incapaz de asumir responsabilidades decisivas) en detrimento
del desaparecido adulto (condenado durante un lapso prolongado
de la historia reciente por su posible adhesión a soluciones
violentas, caso en el cual su destino final estaría
justificado)”[vii]
En el año 2000, esto escribía
Jorge Falcone, el hermano de María Claudia, una de
las adolescentes desaparecidas el 16 de septiembre luego de
que asistiera a un homenaje a su hermana en una escuela media
de la Ciudad de Buenos Aires bautizada con su nombre. El cuestiona
la decisión de contar La noche de los lápices
como relato emblemático denunciando las intenciones
que para él existen en esta selección, estableciendo
explícitamente una confrontación con el relato
de Olivera y sus implicancias en cuanto productor de sentidos
sobre el acontecimiento.
Militante en los años setenta, hoy
realizador cinematográfico, fue asesor histórico
del filme. En el año 2001 publicó su libro de
memorias “Memorial de guerralarga” donde relata
la captura de su hermana de manera muy distinta a como se
la presenta en el libro y la película, aportando así
su propia versión a los hechos. En su relato, un breve
capítulo de sus memorias, Claudia y María Clara
son interceptadas por las fuerzas represivas cuando entraban
al hall del edificio del departamento de la tía de
la primera. Era la medianoche y llegaban cansadas luego de
buscar infructuosamente un lugar alternativo donde dormir.
Otro de los datos, no menores que aporta este relato, es que
estaban armadas y, sin llegar a disparar, las dos militantes
intentan resistir a la captura. Finalmente son atrapadas en
el departamento de la tía. Allí sus secuestradores
encuentran armas escondidas en el depósito del inodoro.
Esta escena dista mucho de aquella otra contada
en el libro y en la película donde las dos jóvenes
son sorprendidas durmiendo, totalmente indefensas y cuyas
preocupaciones inmediatamente anteriores estaban vinculadas
con posibles amores en curso.
IV - Justicia y memoria
Lo que está en cuestión en
estos relatos es cómo narrar a los desaparecidos. ¿Quiénes
eran? ¿Por qué desaparecieron? ¿Por error?
¿Porque luchaban por el boleto escolar? ¿Porque
eran militantes políticos? ¿Porque eran guerrilleros
dispuestos a morir y a matar por su causa revolucionaria?
Los sobrevivientes, ahora “protagonistas”,
son los que se esfuerzan por restituirles a los desaparecidos
su identidad política. Esfuerzos “de rescatar
del olvido la historia y el compromiso de la generación
del 70”[viii] diría
Ernesto Jauretche. Las memorias, crónicas, ensayos
y novelas de Miguel Bonasso, Martín Caparrós,
Eduardo Anguita, Gonzalo Chávez entre tantos otros,
están orientados al mismo fin. Su mayor profusión
comenzó a partir de los años noventa sin detenerse.
En esta especie de ciclo de emergencia de las memorias militantes
se inscribe la controversia en torno a La noche de los
lápices, enunciada más arriba, con los
relatos de Emilce Moler y Jorge Falcone.
María Sondereguer analiza la relación
y contraste entre los sentidos sobre el pasado vigentes hasta
mediados de los noventa, asociados a la juricidad de los hechos
en términos estrictamente legales, y los que surgen
a partir del boom testimonial que se inicia en estos años
[ix]. Como sostiene Sondereguer,
este “boom” testimonial tuvo lugar en una coyuntura
posterior a los indultos presidenciales de Carlos Menem, donde
se habían bloqueado los procesos judiciales iniciados
en los ochenta, no sólo a los militares sino a cientos
de militantes durante los años setenta acusados por
su participación en organizaciones armadas.
El escenario judicial condicionó el
relato sobre el pasado realizado por los numerosos testigos,
muchos de ellos militantes sobrevivientes de los campos de
clandestinos de detención. Por un lado, porque la asunción
de la pertenencia a grupos guerrilleros implicaba la posibilidad
de invalidación del testimonio por parte de la defensa
de los acusados. La afiliación política fue
una recurrente pregunta formulada por los abogados defensores
de los ex Comandantes. Pero, además, la judicialización
del pasado tenía instrumentos de punición que
sin eufemismos limitaron la posibilidad de la palabra. Me
refiero al decreto 157/83[x].
Los silencios en torno a la pertenencia política de
muchos de los protagonistas de esta historia, los sobrevivientes,
que tuvieron que subirse a testimoniar a los estrados o que
hacían pública su experiencia estaban condicionados
por la posibilidad, lisa y llana, de ser procesados por actividad
terrorista. La coyuntura post indultos facilitó la
producción de narraciones en otra clave. Sin embargo,
el “mito de la inocencia” sigue vigente.
Aunque La noche de los lápices
en sus versiones más difundidas, sobre todo la sostenida
en la película, ha sido especialmente enfrentada por
esta narrativa “militante” ninguno de ellos –
aún - ha podido desplazar a la versión consagrada
en la película, ni siquiera en sus falacias: Pablo
Díaz sigue siendo presentado y conocido como el único
sobreviviente del episodio, aunque han sido “rescatados”
del olvido otros (Emilce Moler, Patricia Miranda, Gustavo
Calotti) pero que siguen siendo “olvidados” una
y otra vez. La historia se sigue presentando como la desaparición
de seis adolescentes estudiantes secundarios que sólo
luchaban por el boleto escolar.
¿Por qué esta vigencia? En
primer lugar, por la existencia de estos tres potentes vehículos
de transmisión que lo han sostenido en el tiempo: los
testimonios de Pablo Díaz – él mismo ha
contabilizado cerca de tres mil actos donde narró su
experiencia [xi] - el
libro de María Seoane y Héctor Ruiz Nuñez
y la película de Olivera. En segundo lugar, porque
ha sido instituido como día conmemorativo dentro de
las efemérides escolares que lo han hecho permanecer
vigente y ha facilitado su apropiación y reactualización
por los actores políticos juveniles, como se expresa
cada año en las marchas y actos conmemorativos, sobre
todo en la ciudad de La Plata.
Pero, además, porque la trama simple
y dramática que sostienen estos tres vehículos
la hacen más enseñable y compresible que otras.
Se pueden identificar claramente quiénes son los buenos
y los malos; y el contexto político donde se lo cuenta
está procesado de forma de evitar lo controversial
y exponer sólo lo muy consensuado, sobre todo lo que
refiere a la violencia política. Pero, además,
desde estas claves simples el caso permite narrar la Historia
de un modo inteligible desde el presente. Esta relación
entre historia e Historia, es la que lo vuelve un hecho emblemático
del pasado donde se inscribe, y por lo tanto también,
un relato enseñable. Los protagonistas son estudiantes
secundarios adolescentes, lo que genera una rápida
empatía con los receptores; su lucha es fácilmente
comprensible y no puede ser objeto de objeciones y controversias.
Digamos que luchar por el boleto escolar es más traducible
al hoy que luchar por la “patria socialista” o
la “revolución”.
La noche de los lápices ha
logrado ser contada a través de códigos universales,
que logran descifrarse a pesar de los cambios de época
e incluso tienen la capacidad de construir significados para
experiencias disímiles y distantes:
“Me interesa este tema de La noche
de los lápices también por que yo he visto
en los estudiantes de La Plata mi propia historia, pero la
de La Plata era mil veces más cruel, más horrible.
Yo era estudiante del liceo durante la época dictatorial
en Polonia. Formé parte de un movimiento estudiantil
informal contra nuestra dictadura en los años ochenta.
Conmigo y con mis amigos no pasó nada horrible, algunos
fueron detenidos por unos días, yo no, nada más.
Cuando he visto la película me di cuenta que si yo
fuera argentino pasaría conmigo lo mismo que con Pablo
Díaz y sus amigos. A parte del motivo profesional tengo
entonces un motivo más - muy personal de interesarme
en este tema.” [xii]
Seguramente este periodista polaco se hubiera
sentido menos representado en esta historia si las ideas políticas
de estos adolescentes hubieran estado en el centro de la escena.
Esto es válido para muchas de las miles de personas
que en la Argentina año tras año deciden recordar
La noche de los lápices como ritual donde
exorcizar un pasado que se resiste a abandonarnos. |
| i
Sandra Raggio es profesora de Historia, investigadora y docente
de la Universidad Nacional de la Plata (UNLP) y coordinadora
del área Investigación y Enseñanza de
la Comisión Provincial por la Memoria
ii En esta causa fueron
procesados Ramón Juan Alberto Camps, Ovidio Pablo Ricchieri,
Miguel Osvaldo Etchecolatz, Luis Héctor Vides, Jorge
Antonio Bergéz, Alberto Rouse y Norberto Cozzani.
iii “Aún cuando
ellos (los militares) tuvieran pruebas de que todas las personas
secuestradas habían participado en actos de violencia,
la falta de juicio y de la sentencia condenatoria correspondiente,
impide que la República considere a estas personas
como responsables de estos hechos (...) Y es por eso, señores
jueces, que de acuerdo con nuestra Constitución y con
nuestras leyes (...) murieron y desaparecieron inocentes cada
una de las personas que fueron torturadas y asesinadas bajo
el sistema de terror implantado por los acusados” fragmento
de la acusación de la fiscalía durante el Juicio
a la Juntas.
iv Esta idea la desarrolla
Hugo Vezzetti en su libro, Pasado y Presente. Guerra, dictadura
y sociedad en la Argentina, Buenos Aires, Siglo XXI, 2002,
véase especialmente Pág. 118.
v Diario Página 12,
15 de septiembre de 1998.
http://old.pagina12web.com.ar/1998/98-09/98-09-15/pag02.htm
vi Revista Nueva Proyección
del Centro de Estudiantes del Colegio Nacional de La Plata,
N° 3, septiembre de 1988. Págs. 31 y 32.
vi Jorge Falcone “Los
ecos mediáticos de la historia Reciente”, Realidad
Económica, IADE, Nº 171, abril – mayo de
2000
vii Jorge Falcone “Los
ecos mediáticos de la historia Reciente”, Realidad
Económica, IADE, Nº 171, abril – mayo de
2000
viii Ernesto Jauretche.
Violencia y política en los setenta. No dejés
que te la cuenten. Ediciones del Pensamiento Nacional, Buenos
Aires, 2000. Pág. 15.
ix María Sondereguer
“Promesas de la memoria: Justicia y Justicia instaurativa
en la Argentina de hoy” en Bruno Groppo y Patricia Flier
(comp.) La imposibilidad del olvido, La Plata, Ediciones al
Margen, 2001.
x A los tres días
de su asunción, Raúl Alfonsín firmó
los decretos 157/83 y 158/83, donde solicitaba la persecución
penal y arresto a las conducciones de las organizaciones guerrilleras
y a los miembros de las tres primeras las Juntas Militares,
respectivamente.
xi Ver Federico Lorenz:"Tomala
vos, dámela a mí", en: Jelin, Elizabeth
y Lorenz, Federico, Educación y memoria. La escuela
elabora el pasado. Siglo XXI, Madrid, 2004.
xii Correspondencia personal
de la autora, se trata de un e-mail enviado por un periodista
polaco que había estado en la Argentina, había
visto la película y deseaba hacer una nota para su
diario en una visita posterior que coincidió con la
28va. conmemoración del 16 de septiembre, en 2003. |