El 8 de noviembre de 2007 se inauguró una placa en homenaje al rol de la embajada argentina en Chile durante la dictadura pinochetista.
Tras el golpe que derrocó a Salvador Allende el 11 de septiembre de 1973, la embajada argentina brindó asilo político a chilenos y residentes de otras nacionalidades cuyas vidas corrían peligro.
A continuación presentamos las palabras pronunciadas por el Ministro Alejandro Foxley durante el acto.
Señor Presidente de la Nación Argentina, Dr. Néstor Kirchner
Señora Presidenta Electa de la Nación Argentina, Dra. Cristina Fernández De Kirchner
Señor Ministro de Relaciones Exteriores de Chile, Alejandro Foxley
Señor Canciller de la República Argentina, Jorge Taiana
Comitiva Presidencial que Acompaña al Sr. Presidente de la Nación
Señores Embajadores y Representantes del Cuerpo Diplomático
Altas autoridades de ambos países
Señores representantes de organismos de Derechos Humanos
Amigas y amigos:
Quisiera, en primer lugar, dar la bienvenida a todos a esta Residencia Oficial de la Embajada Argentina en Chile, que en realidad es la casa de los argentinos en este país. Bienvenidos a esta casa que, en 1973 se transformó en albergue de quienes, comprometidos con la libertad y la dignidad del hombre, debieron procurar refugio frente al embate de las fuerzas de la intolerancia, la violencia y el oscurantismo.
Nos encontramos reunidos para conmemorar un momento decisivo en el cual sus muros fueron silenciosos testigos de la solidaridad entre dos pueblos en circunstancias particularmente penosas de la historia de uno de ellos.
Hoy, treinta y cuatro años después del cruento golpe de Estado de septiembre de 1973, esta casa enlaza su existencia con otro momento decisivo en las relaciones entre Argentina y Chile.
Es actualmente un punto más de encuentro y diálogo entre dos pueblos y dos naciones que –sobre la base de valores, visiones e intereses compartidos actúan en común para promover en el ámbito internacional aquellos valores que sustentan a nivel interno. Me refiero -en particular- al compromiso inequívoco con la protección, el respeto pleno y la promoción efectiva de los derechos humanos.
Señoras y señores:
Habrá quienes se pregunten por qué, en noviembre de 2007, transcurridos treinta y cuatro años del luctuoso 11 de septiembre de 1973, descubrimos una placa conmemorativa del asilo otorgado aquí a más de ochocientos ciudadanos de diversas nacionalidades. La respuesta es simple y contundente: el futuro se construye sobre la base de la verdad y la justicia. Tener memoria nos obliga a mantener una posición activa y en defensa de los Derechos Humanos. Nunca indiferente.
Así lo reconocieron, los Presidentes del Mercosur y Estados Asociados cuando subrayaron que conocer la verdad acerca de las graves, masivas y sistemáticas violaciones de derechos humanos ocurridas en muchos países de la región en décadas precedentes constituye "un derecho colectivo de nuestras sociedades".
El golpe de Estado de 1973 en Chile se produjo a escasos dos meses del 25 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de diciembre de 1948, o sea, un cuarto de siglo después de que la humanidad reconociera que la soberanía estatal no es absoluta y que los Estados están obligados a respetar los derechos de las personas sujetas a su jurisdicción. Asimismo, en marzo de 1976 comenzaba la dictadura más sangrienta de la convulsionada historia política argentina del siglo XX. Una dictadura que no se conformó con conculcar los derechos políticos de los ciudadanos sino que instrumentó una deliberada política de exterminio físico masivo.
Amigas y amigos:
En marzo de 2007, la Cancillería argentina organizó un seminario destinado a analizar el valioso rol de la solidaridad internacional durante la última dictadura militar que sojuzgó a mi país. Estimo que ésa es otra faz desde la cual debemos interpretar el acto que en la fecha nos congrega: el valor de la cooperación y la integración entre nuestras naciones y de la solidaridad entre nuestros pueblos.
Bajo este prisma, esta ceremonia constituye también una oportunidad invalorable para recuperar aquellos aspectos más gratificantes de la función diplomática: la certeza de que nuestra labor es esencial y fundamentalmente un servicio público, que las Representaciones Diplomáticas no constituyen ni deben constituir fortalezas inexpugnables sino instrumentos al servicio de la unión, la solidaridad y la cooperación.
Estas expresiones no son autorreferenciales. Por el contrario, pretendo rendir homenaje a quienes en su momento, con coraje y convicción (y, ¿por qué no decirlo?, a veces sin poder aguardar instrucciones especificas), supieron acoger a centenares de hermanos de diversas nacionalidades que necesitaban protección sin saber que –treinta meses después- los ciudadanos argentinos se verían igualmente obligados a acudir a la solidaridad internacional y las sedes diplomáticas de naciones hermanas les abrirían sus puertas con generosidad.
La convivencia y atención de los refugiados, incluídos niños y mujeres embarazadas, sólo fue posible gracias a los esfuerzos conjuntos de huéspedes y anfitriones, unidos por el más estrecho de los vínculos: la convicción sobre la necesidad de luchar por la libertad y la dignidad de todos los hombres. Existen innumerables anécdotas que permiten rescatar el lazo interpersonal que día a día se fue forjando entre aquellos forzados convivientes: la actuación del funcionario diplomático encargado de acompañar a las mujeres embarazadas a dar a luz y permanecer con ellas hasta su regreso a la Residencia.
Una de tales anécdotas, ilustra sobre otro aspecto de las dictaduras: la censura. Los libros también suelen ser víctimas del totalitarismo.
Veamos:
Obtenido el salvoconducto para que uno de nuestros asilados pudiese abandonar Chile rumbo a la Argentina, un último escollo se presentó en el aeropuerto. Durante los controles previos a la partida, un agente policial insistió en decomisar un libro que portaba el viajero por entender se trataba de un texto revolucionario que propagaba ideas marxistas. Las explicaciones brindadas por el diplomático que lo acompañaba permitieron zanjar la situación y el libro acompañó a su lector en su obligado exilio.
¿Cuál había sido el motivo del inesperado entredicho? Pues nada más y nada menos que el título de la publicación, a saber: "The Industrial Revolution" ("La revolución industrial"). Obviamente, en la conciencia respecto del cumplimiento del deber de este dedicado funcionario había calado hondo la vocación de toda dictadura por restringir la lectura a la lectura oficial.
Señoras y señores:
Chile y Argentina transitan juntos el camino de la colaboración y la solidaridad en esta materia. A través de un ambicioso programa desarrollado en el marco del Memorandum Bilateral de Derechos Humanos suscripto en mayo de 2006.
Prueba de ello son también las decisivas medidas adoptadas para esclarecer los casos de violaciones de derechos humanos ocurridos durante las dictaduras militares en ambos países.
Al respecto, quisiera destacar la reciente designación, por parte de la Corte de Apelaciones de Santiago, del Juez Zepeda como Ministro de Fuero con dedicación exclusiva a las causas por violaciones de derechos humanos de cuatro ciudadanos argentinos.
En Argentina se están tramitando expedientes de beneficios reparatorios para 210 ciudadanos chilenos. 50 ya han concluido de modo satisfactorio para los reclamantes y esta Embajada continúa recepcionando solicitudes.
Y, por último, ¿qué prueba más elocuente de este compromiso que la presencia hoy, aquí, del Presidente de la Nación Argentina, de la Presidenta Electa de mi país y de los Ministros de Relaciones Exteriores de ambas naciones? Todos debieron ajustar sus agendas para asistir a este acto.
Amigas y amigos:
Un comentario a modo de conclusión:
Estimo que nuestro encuentro hoy, aquí, debe entenderse como una invitación a renovar la esperanza, a reafirmar nuestra confianza en las fuerzas del hombre y a ratificar nuestro compromiso con la construcción de un mundo cada vez más justo, solidario e inclusivo. En definitiva Más Humano.
Muchas gracias.