El 8 de noviembre de 2007 se inauguró una placa en homenaje al rol de la embajada argentina en Chile durante la dictadura pinochetista.
Tras el golpe que derrocó a Salvador Allende el 11 de septiembre de 1973, la embajada argentina brindó asilo político a chilenos y residentes de otras nacionalidades cuyas vidas corrían peligro.
Entre los refugiados se encontraba el escritor Ariel Dorfman quien no pudo asistir al acto pero envío una carta a Carlos Abihagle, embajador argentino en Chile, que presentamos a continuación.
Querido Carlos:
Lamento mucho no poder estar con Ustedes para la conmemoración oficial del heroico rol que jugó la Embajada Argentina al salvar miles de vidas después del golpe de 1973 contra el gobierno constitucional de Salvador Allende. Como uno de aquellos que encontró amparo en los salones de la Residencia del Embajador, nada me hubiera gustado más que celebrar en ese mismo sitio aquel acto de solidaridad que honra la tan entrañable tradición latinoamericana del asilo político; nada me hubiera gustado más que contarles a los presentes lo que significaron esos meses durmiendo en el suelo de aquellos pisos de parquet otrora inmaculados, escuchando la respiración en la noche de tantos otros perseguidos políticos; el modo en que la Embajada nos protegió y nos dio alimento; las historias de cómo nos organizamos al interior de ese edificio; mi propia experiencia de armar una mínima Universidad para los refugiados y el día maravilloso en que uno de los funcionarios me trajo el único libro que solicité, una copia de El Quijote, para hacer clases y compartirlo con mis nuevos amigos. Mientras afuera sonaban los disparos y veíamos pasar camiones llenos de libros que iban a ser quemados y mirábamos a nuestros familiares pasear por la vereda de enfrente de la Residencia con la esperanza de hacernos alguna señal, un indicio remoto de que estaban vivos, de que la lucha no se había detenido.
Para mí, habitar ese pedacito de territorio argentino en medio de la tragedia chilena, fue algo muy especial. Nacido en la Argentina, yo había optado, después de una vida errante, por la ciudadanía chilena, y el ingreso a esta Embajada fue como un retorno al hogar que me dio la luz por primera vez, que me dio este idioma glorioso con que tratamos de derrotar a la muerte, y también una reafirmación de nuestro destino común latinoamericano, más allá de las nacionalidades, una prueba de la hermandad de los dos pueblos que me crearon, mi persona unida y no separada por la cordillera de los Andes.
Más tarde, cuando finalmente recibí un salvoconducto y pude viajar, primero a Buenos Aires y eventualmente a Paris, me acuerdo que una de las cosas que más me llamaban la atención en la capital francesa eran las placas adosadas a los edificios en calle tras calle, escuetas láminas en bronce que rememoraban que en ese lugar exacto había caído un resistente a fines de la segunda Guerra Mundial, alguien que murió por la liberación de su país del fascismo, un hombre o una mujer que nos instaba a nunca olvidar. Y me preguntaba si algún día habría alguna dedicatoria semejante para la lejana Embajada Argentina en la Avenida Vicuña Mackenna, alguna manera de recordarles a quienes pasaban por ahí que en ese sitio de la memoria se habían salvado hombres y mujeres cuyo único pecado había sido ser leales con la democracia y la justicia social, cuyo único pecado fue creer que el día de mañana no habría hambre en nuestra América.
Y, ahora, por fin, ante las autoridades supremas de ambas Repúblicas, en un acto solemne y jubiloso, se inaugura precisamente la placa con que soňé.
Sólo falta, entonces, reiterar a nombre mío y de los incontables otros asilados, nuestro agradecimiento, querido Carlos, a tu país y también el mío por habernos rescatado para el vasto futuro en momentos en que la pequeña y mísera muerte reinaba en el triste Santiago de 1973.
Ariel Dorfman